El hip hop tiene una palabra para el conflicto público entre artistas: beef.
Pero… ¿es una forma de competición cultural o simplemente masculinidad frágil disfrazada de arte? ¿Dónde ponemos el límite? ¿Reflejan odio real… o inseguridades mal gestionadas?
Como casi todo lo interesante en esta vida, mi opinión está llena de contradicciones y matices.
Porque el beef me gusta, tanto en la música como en la gastronomía, con sangre y poco hecho.
En mi trayectoria como rapero solo tuve un beef importante.
Y con el paso de los años, humildemente creo que supimos cerrarlo de una forma bastante original.
Pero no nos precipitemos.
Esa historia llegará más adelante.
Antes, empecemos por una pregunta más interesante:
¿De dónde viene realmente el beef?
ORÍGENES
Es difícil señalar una única raíz del beef.
Pero sí es fácil identificar varias tradiciones culturales que pudieron inspirarlo.
Más allá de que muchas tiraderas surgieran de forma orgánica, simplemente porque dos artistas se odiaban y sabían convertirlo en música, antes de los diss tracks ya existían precedentes claros.
Uno de ellos eran the dozens.
En muchos barrios afroamericanos se jugaba a este duelo de insultos creativos donde perder los nervios era perder la batalla. Algo parecido a un roast de comedia donde el público juzga quién tiene más ingenio.
Las madres de los participantes solían convertirse en protagonistas de las famosas “yo mama jokes”.
“Yo mama so poor she can’t pay attention.”
El objetivo no era pelearse físicamente, sino demostrar superioridad verbal, igual que con signifying.
En la tradición afroamericana, signifying consiste en burlarse, provocar, criticar y desafiar pero de forma indirecta, usando metáforas, ironía dobles sentido y humor.
La clave no es (solo) insultar sino hacerlo con estilo. Igual que en el rap.
Otra posible inspiración para muchos raperos fue el boxeo.
Especialmente Muhammad Ali, que entendió algo fundamental: el combate empieza mucho antes de subir al ring.
Ali no fue el primero en hablar antes de un combate, pero sí el primero en convertirlo en espectáculo.
En los años 60 empezó a insultar a sus rivales públicamente, a recitar versos sobre cómo los iba a noquear y a provocarlos psicológicamente.
La rivalidad vende entradas.
Ya sean de combates o de conciertos.
Ese mismo trash talk también existía en las canchas de streetball.
En muchos playgrounds de baloncesto no bastaba con ganar.
Había que humillar al rival.
Cruzarle, provocarle, hablarle durante el partido.
El espectáculo era casi tan importante como el resultado.
Tampoco podemos olvidarnos de las batallas de freestyle ¿que es un beef si al fin y al cabo no es una batalla de letras escritas por fascículos?
Y quién sabe si algunos raperos también se inspiraron en la cultura pop.
En los cómics de superhéroes, por ejemplo, es habitual ver enfrentamientos entre personajes que luego terminan aliándose.
Algo parecido a lo que ocurrió con Jay-Z y Nas: primero enemigos públicos, después colaboradores.
Casi como ver a Daredevil y Spider-Man empezar un cómic peleándose… y acabar luchando juntos contra el crimen.

Pero con todos estos antecedentes (competición, provocación, egos masculinos) uno imaginaría que el primer gran beef del hip hop lo protagonizó algún rapero duro del Bronx.
Y no.
Lo protagonizó una adolescente de 14 años.
ROXANNE WARS
1984, Nueva York. Un grupo llamado UTFO lanza una canción titulada: “Roxanne, Roxanne”
La canción cuenta una historia bastante simple: unos chicos intentan ligar con una chica llamada Roxanne… y ella pasa completamente de ellos.
El tema se convierte en un éxito en la radio.
Pero alguien en el barrio decide responder.
Concretamente una chica de 14 años de Queens, llamada Roxanne Shanté.
Era conocida en el barrio por ganar batallas de freestyle y un productor local le pidió que grabara una respuesta a la canción de UTFO; Roxanne’s Revenge.
Una canción donde Roxanne básicamente ridiculiza a todo el grupo. Además cuenta la leyenda que la grabó en una sola toma, improvisada, en el estudio de una radio.

Y explotó.
La respuesta fue tan popular que desencadenó algo que hoy llamaríamos una guerra de diss tracks. Durante los siguientes meses aparecieron más de 30 canciones distintas respondiendo a Roxanne o defendiendo a UTFO y a ese fenómeno se le llamó “The Roxanne Wars”
Fue el primer momento en que el hip hop descubrió algo clave: el conflicto vende música.
BEEFS HISTÓRICOS
El último gran beef del rap americano lo protagonizaron Kendrick Lamar y Drake.
Pero la historia del hip hop está llena de rivalidades. Tantas que haría falta un libro entero para repasarlas todas.
Uno de los artistas que más ha vivido del conflicto es 50 Cent.
De hecho, el primer tema que lo hizo famoso fue “How to Rob”, una canción donde se burlaba de media industria del rap. Aquella mixtape llegó a las manos de Dr. Dre, y lo demás es historia.
Desde entonces Curtis Jackson ha protagonizado beefs con medio mundo Ja Rule, The Game, Kanye West y T.I. entre otros
Artísticamente es brillante y muy inteligente para los negocios… pero también un machirulo cuñao de manual.
Otro de los enfrentamientos más míticos fue el de Jay-Z contra Nas.
Una guerra lírica que nos dejó joyas como Takeover y Ether, y que con el tiempo terminó en reconciliación.

Muy distinto fue el caso de The Notorious B.I.G. y Tupac Shakur, cuya rivalidad terminó mitificándose tras el asesinato de ambos.
El ejemplo más trágico de cómo un beef puede escapar del terreno musical.
Eminem también es conocido por su capacidad para arruinar carreras.
Que se lo digan a Machine Gun Kelly, que después de la humillación de Killshot acabó alejándose del rap para centrarse en el pop punk.
Y recientemente Kendrick Lamar se ha convertido casi en intocable después del rapapolvo que le propinó a Drake con Not Like Us, un tema que acabó convirtiéndose en himno cultural.
En España también hemos tenido nuestros episodios.
Uno de los más recientes fue el de Fernando Costa vs Ayax y Prok.
Los gemelos granadinos llegaban al conflicto con una mochila muy pesada: múltiples testimonios públicos acusándolos de abuso y maltrato.
El beef estaba perdido antes de empezar.
Paradójicamente, muchos oyentes criticaron a Fernando Costa por sacar ahora esos trapos sucios cuando ya eran públicos… y por haber permanecido callado mientras supuestamente ocurrían.

Tal vez uno de los pocos beefs donde todos salieron perdiendo.
Pero si hablamos de historia del rap español, uno de los beefs más recordados sigue siendo el de Metro contra Kase.O.
Tras un malentendido y algunas declaraciones en entrevistas, Kase.O respondió con un tema titulado “Mierda”.
La canción era tan demoledora que nunca recibió respuesta.
Años después ambos firmaron la tregua subiendo una foto juntos a redes.
Porque incluso en el rap, algunas guerras terminan en paz.

A FAVOR
Algunos motivos para defender los beefs artísticos.
La competición entre dos artistas suele disparar su creatividad.
Muchos diss tracks están mucho más trabajados (al menos líricamente) que otros temas de su discografía.
También aumenta el número de códigos y referencias en las letras.
A veces lo divertido de un beef no es la primera escucha, sino la investigación posterior para entender todas las barras.
Hoy incluso existe un nuevo ritual cultural:
las video-reacciones analizando cada punchline.
Luego están las intrahistorias.
Cuando los artistas sacan los trapos sucios del otro siempre aparece material para el debate en la barbería.
Y por último está el ruido mediático.
Un buen beef siempre atrae atención hacia la cultura.
Sin ir más lejos, la victoria de Kendrick contra Drake acabó llevándolo al Halftime Show de la Super Bowl.
EN CONTRA
Pero también hay motivos de sobra para odiarlos.
El primero es el exceso de violencia.
Una cosa es intentar demostrar que eres mejor que tu rival.
Otra muy distinta es cuando el odio sustituye al ingenio y la canción se convierte en una discusión más que en arte.
Luego está la memeficación del beef.
En la era de las redes sociales algunos raperos (como el propio 50 Cent) prefieren responder con memes y pullas en Instagram.
Puede ser un ingrediente divertido, pero nunca debería ser la base de la pizza.
Aquí la música debería ser la harina, el tomate y el queso.
Nunca la piña.
Un beef mal gestionado también puede arruinar carreras.
Es una pena que por perder un duelo el público olvide todos los logros anteriores de un artista.
También está la extrapolación al mundo real.
Si el meme es la versión cutre y perezosa del beef, llevarlo a los tribunales es la opción menos rapera de todas.
Por eso ver a Drake denunciar a Universal Music Group alegando que el sello promovió Not Like Us suena bastante… loser.
Y por supuesto está el peor escenario de todos:
cuando el beef salta del plano musical al físico.
La cultura hip hop nunca se perdonará la muerte de Biggie y Tupac.
También influye el tipo de público que atrae.
Igual que ocurre con algunas batallas de rap, los beefs pueden atraer a espectadores que no entienden la diferencia entre competición artística y conflicto real.
Recuerdo que ese fue uno de los motivos por los que yo mismo me alejé de las batallas.
En una ocasión a un colega le lanzaron una botella en medio del escenario.
Y en otra, al terminar mi batalla, la crew de mi rival me esperaron fuera para increparme.
¿Quién se apunta a una batalla… y luego se enfada por lo que le dicen?
NO ES EGO, ES INSEGURIDAD
El sistema patriarcal afecta a todos los hombres, seamos más o menos conscientes.
La creencia tóxica de que un hombre se mide por su fuerza, sus recursos y las mujeres que atrae, en el rap, nacido en entornos duros y precarios, se convirtió en mantra.
Otro prejuicio patriarcal muy extendido es que expresar emociones es de débiles.
Muchos hombres sienten que deben proteger su imagen de invulnerabilidad.
Como explica bell hooks en Tipos duros:
“Los hombres negros crearon el blues para expresar su dolor sin vergüenza.
Pero muchos jóvenes prefieren el rap porque presenta una imagen agresiva de invulnerabilidad.”
Cuando la elección es entre mostrar el yo auténtico o proteger el ego, muchos hombres eligen el ego.
Por eso en muchos beefs es difícil distinguir la competición del ego herido.
Además es habitual que aparezcan insultos homófobos, ataques a parejas o madres y todo tipo de humillaciones hacia personas que ni siquiera participan en el conflicto.
Y algunos van todavía más lejos.
En 2009 50 Cent publicó un vídeo sexual de Lastonia Leviston, madre de la hija de Rick Ross, con el objetivo de humillar a su rival.
Rick Ross ni siquiera aparecía en el vídeo.
La víctima era ella.
Leviston denunció a 50 Cent por difundir el vídeo sin consentimiento… y ganó el juicio.
MI BEEF CON PATATAS
En mi underground carrera musical tiré muchos versos a personajes públicos, pero solo una vez me ensañé con alguien de verdad. Lo hice personal.
Años después me tocó vivir la otra cara: yo fui la “víctima” de un beef.
Por suerte, ese segundo acabó bien.
Pero empecemos por la sangre.
En 2003, con apenas 19 años, primero de carrera y sin apenas barba, emprendí por primera vez. Junto a un (ex)colega abrimos en mi barrio una tienda de baloncesto y hip hop.
Teníamos ilusión. Mucha. Casi tanta como inexperiencia.
Nos dieron palos por todos lados.
La industria textil no tenía escrúpulos con nadie y menos aún con dos chavales. Éramos presas fáciles y trataron de devorarnos varias veces.
El estrés, los problemas de dinero y la disparidad de opiniones empezaron a erosionar nuestra relación. En apenas seis meses mi socio y yo ya necesitábamos romper el vínculo.
Él me ofrecía comprar mi parte por menos de lo que había invertido.
Me negué.
No quería verle la puta cara cada día en mi barrio… y encima habiendo perdido dinero.
La otra opción era liquidar el stock y cerrar pero él tampoco la contemplaba. Estábamos completamente estancados.
Hasta que un día llegué a la tienda… y estaba vacía.
Se había llevado toda la ropa, el ordenador y el efectivo.
Solo me dejó las zapatillas.
Y desapareció.
Algo de lo que me arrepentiré toda mi vida fue de no buscar el conflicto directo e ir a solucionarlo en persona, aunque hubiera acabado a golpes.
En lugar de eso llamé a los mossos y le denuncié por apropiación indebida. Se supone que era lo correcto. Lo legal. Lo inteligente.
Si aquel día me presento en su casa, solo o acompañado, no sé cómo habría acabado todo.
Aun así, una parte de mí (la masculinidad frágil seguramente) se sentía avergonzada por no haber recurrido a la violencia.
Era lo que deseaba… pero fui incapaz de hacerlo.
Ser consciente de tus inseguridades y prejuicios no significa que desaparezcan.
Solo que puedes intentar gestionarlos un poco mejor.
Pero que no recurriera a la violencia física no significa que no me desquitara. Lo hice escribiendo.
Compuse un beef de más de ocho minutos inspirado en una matanza de cerdos, dividido en dos tracks.
En uno de los versos decía: “La violencia es mi último recurso… voy por el penúltimo.”
Simbólicamente el tema termina con un suicidio.
Y justo después aparece un speech donde Moevius, mi DJ y compañero de aventuras de entonces, se disfraza de crítico musical y destroza el disco durante otros ocho minutos.
Es decir: termino el beef (y el álbum) haciéndome beef a mí mismo.
Ese tema lo he escuchado muy pocas veces desde entonces. Incluso a mí me incomoda.
Cuando lo hago ya no me reconozco en esa persona.
Pero recuerdo perfectamente cómo me sentí al terminar de grabarlo: tirado en el sofá del estudio, exhausto, con una mezcla extraña de satisfacción y tristeza.
Probablemente sea una de las letras más trabajadas que he escrito.
Y a la vez una mancha en mi expediente de la que no me siento orgulloso.
Años después viví la otra cara del beef.
Un día un compañero de clase de mi hermana (seis años menor que yo) subió a un concierto para improvisar juntos. Yo rapeaba y él hacía beatbox.
De ahí surgió una amistad… y una nueva etapa. Empezó a acompañarnos en conciertos como corista.
Durante varios años compartimos escenario.
Pero poco a poco el joven padawan fue encontrando su propio camino. Se fue rodeando de otros estilos y otros entornos dentro de la cultura donde yo no era especialmente bienvenido.
A mediados de los 2000 en el rap español se podían distinguir tres grandes etiquetas.
Los mochileros: raperos más introspectivos, con letras políticas o sociales.
Los gorra plana: más influenciados por el rap americano del club y la ostentación.
Y los reales o treneros: puristas que solo consideraban auténtico al que practicaba varias disciplinas de la cultura como graffiti o breakdance.
Yo era un universitario al que le gustaba el baloncesto y solo rapeaba.
No pintaba trenes.
No bailaba break.
Y tenía menos calle que una Roomba.
Así que en ciertos círculos era considerado un toyaco.
Con el tiempo mi joven padawan dejó de acompañarnos en conciertos y empezó a juntarse cada vez más con otros raperos “del lado oscuro”.
En realidad nunca habíamos tenido ningún problema serio.
Solo diferencias de gustos y opiniones sobre la cultura.
Años más tarde varias personas me dijeron que me había dedicado una canción.
No recuerdo el título.
Ni siquiera sé si llegué a escucharla.
Preferí ignorarlo.
Sentí algo de pena e impotencia porque no entendía el motivo. Pero también comprendía que muchas veces escribimos por necesidad personal.
Y si en ese momento él necesitaba escribir sobre mí… estaba en su derecho.
Nunca le respondí con un beef directo, aunque mentiría si dijera que no pensé en su “traición” cuando escribí algunos versos sueltos.
Perdimos el contacto durante un tiempo.
Hasta que un día me crucé con su madre en el supermercado.
Si hoy la viera probablemente no la reconocería. Pero entonces sí: había pasado muchas tardes en su casa con su hijo.
Nos saludamos. Charlamos un momento. Un gesto cotidiano, sin más.
Pero parece que aquello hizo click.
A los pocos días él me escribió para quedar a tomar un café. Quería pedirme disculpas.
Malentendidos, diferencias de opinión y ciertos entornos pueden ensuciar hasta las amistades más limpias.
En ese momento él estaba empezando a tatuar así que para cerrar el capítulo le propuse algo: que me tatuara la palabra BEEF tachada en el cuello.

Y así hicimos las paces.
Hoy en día sigue con su propio proyecto musical, serio y de calidad.
Ojalá le vaya bien, porque se lo merece.
ENTONCES… ¿BEEFS SÍ O BEEFS NO?
Sí.
Pero con normas.
Porque para que una competición sea sostenible necesita límites.
Algunas reglas básicas:
- No violencia física.
- Ingenio antes que agresividad.
- Humillación simbólica, no destrucción personal.
- No meter a terceras personas que no participan en el conflicto.
- Y, sobre todo, no usar el comodín del beef para disfrazar misoginia, homofobia o racismo.
Cuando el beef rompe esas reglas deja de ser cultura.
Se convierte en ego herido. En pelea de bar.
Y aquí queremos cambiar precisamente eso:
la cultura del bar, la tragaperras y el alcohol
por la cultura de la barbería.
Buena música.
Debates sanos.
Y si hay beef…
que sea poco hecho y con patatas.
