De la creatividad de AND1 al espectáculo de la humillación: cómo el baloncesto callejero cambió arte por violencia, comunidad por ego y cultura por contenido.
Cada vez que hago scroll, me aparece un vídeo de MK.
No lo sigo. No le doy like. Ni siquiera busco su contenido.
Tal vez aparece porque muchos de mis seguidores sí lo siguen. Porque jugadores a los que sigo participan en sus vídeos. O simplemente porque el algoritmo sabe que me encanta el baloncesto callejero y, hoy en día, MK se ha convertido en el mainstream del streetball europeo.
Sea por el motivo que sea, el bullying convertido en espectáculo deportivo siempre acaba ocupando mi pantalla.
Y cada vez que lo veo me hago la misma pregunta:
¿Ha muerto el streetball?
En 2006, Nas publicó Hip Hop Is Dead, un álbum en el que denunciaba la pérdida de esencia, valores y autenticidad de la cultura que lo había criado.
Dos décadas después, quizá haya llegado el momento de plantearnos lo mismo sobre el baloncesto urbano.
EL STREETBALL QUE RECUERDO
En mi barrio solo había una tienda de deportes. Por suerte, apostaba fuerte por el baloncesto.
Desde muy pequeño, visitarla era sinónimo de felicidad. A veces iba simplemente a curiosear las novedades. Otras, en el mejor de los casos, acompañado de mi madre para comprarme algo.
Tenían un panel bastante amplio de zapatillas de baloncesto, ya de por si bastante llamativo, hasta que añadieron un nuevo estímulo: una televisión con un reproductor de VHS.
Acababa de encontrar otra razón para visitarlos.
En aquella pantalla reproducían imágenes de baloncesto como nunca antes las había visto. Jugadas increíbles grabadas en crudo, con una estética ruda y artesanal, en canchas de asfalto y al ritmo de bases de hip hop.
Había descubierto las mixtapes de AND1.
Como cliente habitual desde los diez años, acabé forjando una buena relación con los propietarios del negocio. Una relación que se rompió por completo cuando, en 2003, abrí mi propia tienda e intentaron presionar al distribuidor de AND1 España para que no nos vendiera.
Con diecinueve años conocí de primera mano la falta de escrúpulos de algunos empresarios. Vi cómo se les caía la careta a quienes hasta entonces habían sido referentes para mí.
Quizá algún día profundice en aquella primera experiencia emprendiendo. Pero este artículo no va sobre eso.
Prefiero recordar la otra cara de aquella tienda: la de quienes me permitían llevarme a casa algunos VHS de AND1 para verlos con calma. Con el tiempo, y a base de comprar zapatillas, conseguí también copias físicas de los volúmenes 4 y 5.
Desde los diez u once años, el baloncesto era mi vida. Y la cultura afroamericana, a través de los jugadores de la NBA y de series como El príncipe de Bel-Air, empezaba a abrirse paso en mi imaginario.
Mi entrada definitiva en el rap llegó en el año 2000, cuando estaba en cuarto de ESO. Un compañero de clase, apodado El Vecino, me dejó el CD de CPV, La saga continúa 24/7, y el recién publicado The Marshall Mathers LP.
Me enamoré del hip hop.
Pero las mixtapes también habían sido una puerta de entrada.
Gracias al branding, la estética y las vibes de AND1, me introduje de lleno en aquella cultura. Por eso, para mí, el baloncesto y el hip hop siempre han ido de la mano.
Estudié aquellas cintas al milímetro.
Hasta entonces me había quejado muchas veces de que en mi barrio no había canastas y, por tanto, no podía jugar. Las mixtapes me enseñaron que ni siquiera necesitaba una.

Muchos días bajaba a la calle simplemente para practicar el bote y tratar de reproducir algunos de los movimientos que veía en los vídeos.
Al ser uno de los primeros en ponerlos en práctica, acabé convirtiéndome en una especie de pionero del movimiento en mi zona.
Aunque soy de L’Hospitalet, allí no teníamos buenas canchas. Así que solíamos desplazarnos hasta el Parc de la Solidaritat, en Esplugues, donde años después rodaríamos el videoclip de Al rojo vivo junto a ToteKing.
El crecimiento de aquel baloncesto más artístico también me permitió conocer a Joan, pionero a nivel nacional y creador de Streetball Style, el primer colectivo del Estado.
A las mixtapes de AND1 se les sumó, además, la explosión del freestyle impulsada por la campaña de Nike de 2001.
Todo parecía conectado.
Baloncesto, música, creatividad, competición, expresión y calle.
Y nosotros pusimos nuestro granito de arena con Los peladas y SBM años después.
Siempre fui bastante mediocre en el baloncesto convencional pero gracias al Streetball y al Freestyle pude jugar o actuar con muchos de mis referentes como los Harlem Globetrotters o la plantilla de And1 al completo, entre otras muchas celebridades del mundo del deporte y la música.
El Streetball y el hip hop acabaron definiendo lo que soy hoy en día: un atleta de la expresión.
MK: EL BULLY
Quiero dejar algo claro: no tengo nada contra Matt Kiatipis como persona.
No lo conozco. Desconozco sus motivaciones y no sé cuánto hay de personaje y cuánto de persona detrás de sus enfrentamientos uno contra uno.
Tampoco pongo en duda su talento, sus habilidades ni su capacidad para ganarme en una pista. Honestamente, creo que mis posibilidades de vencerle estarían por debajo del diez por ciento.
El problema no es necesariamente él.
El problema es su producto.
Aunque, llegados a este punto, resulta difícil saber dónde termina uno y empieza el otro.
Me genera rechazo y tristeza la imagen del baloncesto callejero que proyecta en redes: un baloncesto cruel, excesivamente físico, humillante y hostil.
Algunos lo justifican diciendo que solo interpreta a un personaje. Una especie de villano, al estilo de Kingpin o Dientes de Sable.
La separación entre obra y artista puede ser relativamente visible en la música. Es todavía más evidente en el cine o el teatro, donde sabemos que una persona está interpretando un papel.
En el resto de medios, como en la televisión o en el teléfono, donde se intenta vender una imagen de tele-realidad, juegan con la idea de que no hay linea y tú debes interpretar cuánto de verdad hay en cada pantallazo.
La frontera es deliberadamente borrosa.
El contenido se presenta como realidad. Como espontaneidad. Como algo auténtico, sin filtros y nacido de la calle.
Y cuando vendes pureza, autenticidad y verdad, no puedes esconder después tu responsabilidad detrás del paraguas de la ficción.
O eres real o eres viral.
Ser ambas cosas a la vez es mucho más complicado de lo que parece.
Y si afirmas que eres las dos, también debes asumir la responsabilidad sobre el mensaje que estás difundiendo.
Es cierto que la interpretación depende de los ojos de quien mira. Y, por tanto, el espectador también tiene una parte de responsabilidad.
Pero ¿qué responsabilidad podemos exigirle a alguien que está creciendo dentro de un entorno permanentemente hostil?
¿Qué criterio puede tener un adolescente que nunca ha vivido sin internet, redes sociales o teléfonos móviles? ¿Cómo va a distinguir entre personaje, estrategia, espectáculo y realidad si lleva toda la vida expuesto a estímulos de odio, confrontación, vidas falsas y violencia convertida en entretenimiento?
¿Cómo no va a comprar el marco de MK si es el que más ve?
EL LÍMITE DE LA PROVOCACIÓN
La humillación siempre ha formado parte del baloncesto callejero.
También estaba presente en la época de las mixtapes y, por supuesto, mucho antes de que estas se popularizaran.

Al igual que en el hip hop, el objetivo consistía en superar al adversario con estilo, descaro e ingenio. Podía ocurrir en una batalla de rap, en un círculo de breakdance o en una pista de baloncesto.
El ego y la provocación artística formaban parte del juego.
Pero existía una premisa fundamental:
El vacile había que demostrarlo.
Hablar es fácil.
Decir “soy mejor que tú” no requiere talento.
Decir “Mi rap es 5 Js y tú no me llegas ni a la suela de mis One” es ingenioso y tiene muchas más capas.
Puede estar hablando de zapatillas Jordan o de jamón pata negra y de Air force One, de Jordan uno o de trucos de And1.
No sólo estás diciendo que eres mejor, estás demostrándolo con el cómo.
Por eso, construir una rima ingeniosa, realizar un movimiento nunca visto o romper al defensor con coordinación, creatividad y ritmo significa(ba) respaldar el mensaje con habilidad.
No solo decías que eras mejor.
Lo demostrabas a través del cómo.
En el streetball que me enamoró también se humillaba al defensor. Pero la humillación era una consecuencia del arte, no el objetivo principal.
Se conseguía mediante creatividad, ritmo, coordinación, personalidad y movimientos inesperados.
Muchos trucos eran ilegales según el reglamento del baloncesto convencional. Había pasos, dobles y acciones difíciles de justificar desde la normativa.
Pero si el movimiento era complicado, innovador y espectacular, se perdonaba.
Todo estaba al servicio del espectáculo.
En una parte del streetball actual, en cambio, la humillación se construye a través de empujones, insultos, provocaciones, trash talking y juego sucio.
También se rompe el reglamento, pero ya no para crear algo bello, sino para aumentar el nivel de violencia.
Cuando veo los vídeos de MK, casi nunca entiendo dónde está el límite. Qué se considera falta y qué no.
Porque prácticamente todo lo parece.
En el streetball de antes, el público celebraba el arte mucho más que la humillación.
También se invadía la pista después de una jugada espectacular. También había gritos, burlas y provocación. Pero la gente acudía para disfrutar del partido, de los jugadores y de acciones que no podían verse en ningún otro lugar.
Ahora, demasiados espectadores solo parecen querer carnaza.
Quieren ver perder a MK o quieren verlo humillar a alguien.
Y, en el “mejor” de los casos, esperan presenciar una pelea, grabarla con el móvil, subirla a redes y conseguir unos cuantos likes.
Cuando juegas constantemente en los límites, no ya del reglamento, sino de la integridad física de los participantes, la posibilidad de que alguien se canse y empiece una pelea es altísima.
Incluso personas del público se enfrentan a los jugadores y llegan a amenazarlos.
Un espectáculo más cercano al negocio de Dana White que al de Adam Silver.
LA FALSA PROMESA DEL ÉXITO
Pero MK da visibilidad.
Da reproducciones.
Da likes.
Y, sobre todo, vende la falsa promesa del éxito inmediato.
Si consigues ganarle, humillarlo o protagonizar un momento viral junto a él, quizá tú puedas ser el próximo rey del contenido de streetball.
El siguiente influencer alfa.
Por eso tantos jugadores y creadores quieren enfrentarse a él.
Incluso algunos que critican su contenido, su estilo y su mensaje terminan participando en el espectáculo.
Y al hacerlo aceptan su marco.
Entran en su terreno.
Alimentan a la bestia.
Porque la bestia no es MK.
La bestia es una economía de la atención que recompensa el odio, la confrontación y la violencia.
Todos los amantes del baloncesto callejero somos responsables, en mayor o menor medida, de su auge.
Somos responsables cuando lo seguimos.
Cuando damos like.
Cuando compartimos sus vídeos.
Cuando comentamos para criticarlo y, sin querer, aumentamos su alcance.
Cuando participamos en sus espectáculos, ya sea jugando o como espectador.
Pero también podemos ser responsables cuando miramos hacia otro lado y actuamos como si no existiera.
Dicen que ojos que no ven, corazón que no siente.
El problema es que, aunque no lo miremos, el monstruo sigue creciendo.
ESTÁ DE MODA SER UN CHUNGO
Que el bullying esté de moda no es algo exclusivo del baloncesto callejero.
Es el síntoma de una sociedad que parece estar retrocediendo moralmente.
En lugar de avanzar hacia una convivencia más respetuosa, diversa y cívica, nos estamos acostumbrando al odio, la rabia, la humillación pública y la violencia.
Como dice Gabriel Rufián:
“Está de moda ser un chungo”.
Que una de las figuras más visibles del baloncesto callejero actual haya construido su popularidad alrededor de un personaje autoritario, fascistoide, agresivo y provocador no es la causa del problema.
Es una señal del abismo al que nos dirigimos como sociedad.
Una más.
El streetball no debería ser una competición para descubrir quién grita más, quién empuja más fuerte o quién humilla mejor a su rival.
Debería volver a ser creatividad.
Identidad.
Comunidad.
Competición.
Arte.
Calle.
Puede que el streetball que conocimos haya muerto.
O puede que simplemente haya quedado enterrado bajo toneladas de contenido diseñado para enfadarnos.
En cualquier caso, no basta con lamentarlo.
Hay que construir una alternativa.
Otro streetball es posible.
