Esa podría ser una definición bastante precisa del coleccionismo.
Da igual que sean zapatillas, relojes, cómics, vinilos o figuras de acción.
Objetos que no necesitamos.
Objetos que ocupan espacio.
Objetos que cuestan dinero.
Objetos que, sin embargo, nos hacen felices.
Desde que me regalaron mis primeras Converse Weapon a finales de los 80 no he dejado de llevar zapas. De pequeño me obligaron a ir a alguna boda o bautizo con zapatos pero poco más.
Creo que hace casi 30 años que no uso otra cosa que no sean zapatillas o chanclas.
Privilegios.
De niño pude disfrutar de algunas zapas top gracias a mi madre, que se estiraba y me compraba las que pedía. Aún así, hasta que no las rompía, no podía tener otras.
De adolescente me hubiera encantado tener más pero la situación era parecida. Cuando empecé a jugar a basket de forma asidua tenia excusa para tener dos o tres pares ya que uno era exclusivo para jugar y el resto para el día a día.
Y en mis 20ypico miraba con envidia sana y admiración a mi amigo Charles Party que coleccionaba Jordan. No solo por poseerlas sino por cómo las disfrutaba, las cuidaba y el estilo que tiene a la hora de combinarlas y vestirse.
Recuerdo la ilusión con la que me llamaba por teléfono (y a veces aún sigue haciéndolo) para decirme que se había comprado X modelo y lo guapas que eran. Estaba feliz y quería compartirlo de forma genuina con sus amigos.
Creo que en parte también quería sentirse comprendido y expiar culpas por gastarse tanto dinero en unas “simples” zapatillas. Yo siempre le decía lo mismo; que el dinero estaba para gastarlo y que las disfrutase.
Mi situación económica fue mejorando muy poco a poco hasta cumplir los 40, fue ahí cuando pude empezar a crear mi propia colección.
Pensaba que coleccionaba zapatillas pero con el tiempo me he dado cuenta de que la historia era bastante más compleja y entre otras cosas, lo que colecciono son privilegios.
